La Historia de Nicaragua no es el Credo de la Calle Atravesada

Opinión: 04/03/2016

La Historia de Nicaragua no es el Credo de la Calle Atravesada

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

I

La Historia no es un registro aséptico de contaminaciones pretéritas o un cúmulo de datos deshidratados para degustarse al gusto de cada quien. Menos que entendamos por Historia su degradación al servicio de una élite que, por festejo tradicional, es reducida a un acto litúrgico donde todo lo que ahí se pronuncie, sea rezado por la sociedad entera como un credo.

La derecha conservadora ambiciona que aceptemos su ciclópea visión del mundo: no solo fabrican su propio relato, sino que lo dan por legítimo, absoluto y, por si fuera poco, Universal.

Esa tendencia de presentar su opaca versión de un asunto como la conclusión nacional, su primitivismo partidario como la “modernidad” de Nicaragua, sus diatribas como ideas, sus opiniones como artículos de la Constitución, evidencia la vocación totalitaria de ponerle su fierro a la economía, la democracia, la política, el periodismo, a la Historia misma del país: se creen los encargados de declarar quién merece ser prócer o no.

A pesar de la sobrecarga de contenido ideológico, de arropamiento mitológico para promover su exclusivo panteón clasista como referente nacional, y la exaltación de fechas que tratan de competir hasta con el 25 de diciembre, no es más que un intento de proyectar su pensamiento único como Nuestra Historia.

Es lo que pasa con las elecciones de febrero de 1990 y su procurada deriva en “brújula de Nicaragua”. Plantear que la “democracia” comenzó el 25 de abril del 90, es un exceso intolerable para quien se precie de historiógrafo. Pero aquí, los exfuncionarios del gobierno aludido y sus inesperados correligionarios, apartan a los hechos y los estudiosos, para construir su propia y arbitraria narrativa. Anhelan que sus anécdotas en el poder sean la Historia. Que sus prejuicios sean el veredicto final, inapelable.

Heródoto separa la actuación de los hombres de las torceduras del mito, de ahí que, como dice María Rosa Lida de Malkiel en su prólogo al Padre de la Historia, deseche “las convenciones sociales y morales, las piadosas o útiles mentiras que el hombre acumula laboriosamente para proteger su poquedad. Así se llega a la veracidad herodotea, tan absolutamente inusitada” en el “polo opuesto” de “la habitual actitud del historiador –llámese Tucídedes, Tácito (…) – que consciente o inconscientemente, defiende una tesis y escribe en nombre de una clase o de un partido”.

Es muy cierto que “La historia es la conversación de un pueblo sobre su pasado” (Historia de Nicaragua, F.K. Tijerino). Obviamente, en el monólogo de esos ritos febreriles, no hay ningún pueblo platicando su ayer, porque reconoce la poquedad y sabe que ninguna mentira merece una procesión de verdad.

II

Hay quienes, sin pertenecer a la casta, sueñan con integrarse al Cónclave Anual de Memoricidas. Por eso transpiran sus discursos, lo asumen como propio y hasta lo defienden “porque la democracia cuesta”.

Llegan al colmo de “coincidir” que fueron las votaciones del 25 de febrero las primeras democráticas en Nicaragua, eliminando los sufragios de 1984. Y solo porque no los reconoció un grupo patrocinado directamente por Ronald Reagan, ahora son deportados de la Historia.

Hablan campantemente de la guerra como si fuera un producto de origen y consumo nacional, cuando está más que documentada la violentación de las leyes de los Estados Unidos para exportar una agresión militar y política a Nicaragua, con hombres, armas, logísticas, materiales bélicos y propagandísticos, incluido un partido impreso, con el explícito objetivo de acabar con el Gobierno Sandinista. Ya no se acuerdan del escándalo Irán-Contra.

Se habla de desabastecimiento y las largas filas de gente para conseguir artículos básicos, y nunca se mencionan las causas. Es prohibido. Sus “amnésicos” oradores arrancan de la Historia las deleznables páginas del bloqueo que Reagan impuso a Nicaragua para rendirla por hambre.

Hasta actores de primera plana y de páginas interiores de la Revolución Sandinista de los 80, con tal de aparecer en el foco del Jet Set de la seudodemocracia finisecular se acomodan al relato oficial de la estirpe conservadora.

Los más soberbios en el poder de aquellos años, que como decía Sandino, se pasaron al otro bando con todo y cartuchera, ahora tampoco hacen ninguna mención de su ingrato papel que también contribuyó al hundimiento económico de Nicaragua.

Y esta es otra manera de desgonzar la historia, pero en minúscula, para beneplácito de la alcurnia. Esa calculada conveniencia de urdir un pasado postizo lleva el envenado propósito de atribuirle a un solo hombre, el comandante Daniel Ortega, la guerra, la hiperinflación, la “dictadura”, las confiscaciones, las vacas flacas, el cambio climático y hasta el Apocalipsis.

Absolver a Reagan-Bush, para congraciarse como los Chamorro-Díaz en los viejos tiempos, es un atroz historicidio que delata plenamente de qué están hechos estos “demócratas” y “defensores” del Estado de Derecho.

Octavio Paz, al referirse a México, también nos explica: “El imperialismo no nos dejó acceder a la ‘normalidad histórica’…” (El laberinto de la soledad y otras obras, p.177).

En este baile de máscaras que trata de ser vendido como la Historia, se esconde el rostro del Vicepresidente que contó por vez primera con todos los poderes y responsabilidades de un Jefe de Estado, desde que se instituyó el cargo en 1893.

Tan alucinada es la ficción que ansían llevarla a la pantalla grande de la Historia, que borran del guion el “¡Dirección Nacional: Ordene!”, solo porque –hablando de órdenes– algunos de la novena se pusieron a la orden del candidato Fabio Gadea en 2011, para obtener el perdón de sus “pecados” y alcanzar en el Credo de la Calle Atravesada.

III

Las mentiras tratan de sacar todo lo insoportable que contiene la Historia: de manera que por arte de magia derechista, desapareció la Asamblea Sandinista de los 80 con todas sus secuelas; y las aguas de Leteo disolvieron de la memoria la Dirección de Agitación, Propaganda y Educación Política, DAP-DEPEP, nacional y regionales, y otros organismos. ¿Por qué?

En esas estructuras anidaban los altos funcionarios hoy reconvertidos. Y ciertos embajadores cuya misión era hablar de las bondades del Gobierno Sandinista, defender las relaciones con la hermana República de Cuba, esa misma que alababan, pero ahora, como el resto de su grupo, fustigan con el odio de segunda mano de Nixon, Reagan y los Bush.

Así que todos esos cuadros que resultaron muy cuadrados para una Revolución que nos venía redonda, “claman” mediáticamente su presencia en el estrado durante El Repliegue o el 19 de Julio, con la infantil acusación de que “ahora solo Ortega hizo la Revolución”.

Empero, los otrora comisarios políticos son los primeros en lavarse las manos de los errores y abusos que cometieron, dejaron hacer y dejaron pasar, durante 1979-1990. Ahí sí no reclaman su verdadero lugar en los anales de la nación. Ahí sí no quieren aparecer con el comandante Ortega en la tarima de la Historia.

Las extremas siempre se ponen de acuerdo por obra y gracia del rencor y del odio. Heródoto, que no fue un griego resentido, tomó la realidad completa: la de mármol y la de barro.

Y la realidad no forma parte del Credo de la Calle Atravesada por filias y fobias.