El Cristo Redentor

Opinión: 16/03/2016

El Cristo Redentor

Autor: Nicaragua905

Rev. Miguel Ángel Casco

En los últimos meses de su ministerio en el planeta Tierra, muchos pensaban que Jesús era Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Al acercarse la hora, Jesús le preguntó a sus discípulos: “Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo revelo carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y ordenó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo” (San Mateo 16: 14-17,20).

La confesión de Pedro descubre uno de los secretos guardado hasta ese momento. Jesús no era únicamente el hijo de María, el hijo del carpintero, el maestro de Galilea, sino el Cristo, el Hijo del Dios viviente. La revelación de ese código introduce una nueva visión de Jesús en su entorno, al grado que él les ordena que no se lo digan a nadie (aun no era el momento).

Qué misterio rodeaba entonces a ese hombre que hasta ese momento era conocido como Jesús? qué poderes especiales tenia oculto para desarrollar su misión en medio de la turbulencia terrenal?, cómo desarrolló su estrategia para lograr su objetivo final. Estas y otras interrogantes deseo que reflexionemos en este tiempo que debería de ser de una profunda reflexión.

Para los cristianos la dimensión más cercana y directa de Dios hacia la humanidad se ha dado atreves de Jesucristo. Antes de Cristo los mensajes de Dios para el mundo eran transmitidos por ángeles, patriarcas y profetas, pero algo no estaba funcionando. Las fuerzas del mal estaban ganando la batalla en el planeta Tierra, la humanidad iba cada día más hacia el mal, al grado que algunos ángeles enviados a la tierra a cumplir misiones divinas se corrompieron, los profetas eran asesinados, otros tuvieron que ser rescatados y trasladados a otras galaxias como fue el caso de Enoc y Elías. Parece ser que la Tierra se había convertido en un campo donde se libraba una feroz batalla, donde los poderes de la muerte querían conquistar el planeta, para establecer su trono y su base de operaciones. Arcángeles poderosos como Miguel y Gabriel, libraron fuertes batallas para impedir que Satanás lograra su objetivo.

La revelación divina nos dice que finalmente, ante ese panorama el Dios Padre tomó una de las más grandes decisiones. Desprenderse de su único hijo y darle la misión de rescatar al planeta. “De tal manera amo Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.”(San Juan 3:16) Para lograr ese cambio o metamorfosis de la dimensión espiritual a la dimensión material, Dios requiere de una mediación humana. Ya el Profeta Isaías lo habían anunciado miles de años antes. “Una mujer virgen concebirá y dará a luz un hijo. Y llamará su nombre Emmanuel”. El Ángel Gabriel fue el designado para anunciarle a María el cumplimiento de dicha profecía: “Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESUS” (San Lucas 1: 31).

No hay registros que evidencien que mientras Jesús estuvo en el vientre de la virgen María haya recibido ataques para abortar su nacimiento. Es de creerlo que Dios había designado ángeles protectores para darle seguridad. Pero si se nos revela que desde momentos antes de nacer fue víctima de la indiferencia ya que nadie fue solidario, y al no encontrar un lugar adecuado María se vio obligada a dar a luz en un pesebre junto a los animales.

Luego Satanás sembró en el corazón de Herodes el espíritu de muerte ordenando asesinar a todo niño de un día a un año de nacido con el objetivo de matar a Jesús, teniendo que refugiarse en Egipto, burlando de esa manera a los grupos de inteligencia del rey Herodes.
Se había iniciado una guerra fría de grandes dimensiones, los ataques y conspiraciones que el recibía no eran producto de la casualidad, todo obedecía a un plan bien diseñado por Satanás para hacerlo fracasar en su misión de salvar y rescatar a la humanidad. Enfrentó la ocupación romana, las tradiciones de la Ley, los planes y acciones de los escribas, fariseos y saduceos, más la hipocresía de los religiosos. Enfrentó a los mercaderes del templo, a los representantes de la sinagoga y a los del Sanedrín.

También enfrentó los halagos de la vida sin compromiso, ser un hombre común como los demás. Enfrentó a su propio yo, no siempre su voluntad era la del Padre, sin embargo proseguía a la meta en el cumplimiento de su misión: Establecer el Reino de Justicia y de paz en la tierra ofrendando su vida en rescate de la humanidad.

Al ver Satanás que Jesús no se rendía ni se doblegaba ante nada y ante nadie decide enfrentarlo personalmente. Lo provoca, lo tienta y lo desafía. 
Lo desafía a que demuestre que realmente era el Hijo de Dios, convirtiendo las piedras en pan. Lo llevó al pináculo del templo provocándolo a lanzarse al vacío, para que se cumpliera las escrituras, lo tentó ofreciéndole toda la gloria del mundo a cambio que lo adorara (San Mateo 4: 1-11) Satanás nuevamente fue derrotado, pero no se da por vencido, hizo un repliegue táctico.

Jesús acelera el proceso, con la entrada triunfal a Jerusalén conmociona los cimientos de todos los poderes, confirmando que ya no hay vuelta atrás. De nuevo Satanás lo ataca, sutilmente en el Getsemaní. Se acercaba la batalla final, la hora decisiva. Entonces Jesús se despoja de sí mismo y somete su voluntad a la voluntad de su Padre, diciendo: “Padre, si quieres, pasa de mi esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya… Y estando en agonía aparecieron ángeles del cielo para fortalecerle” (San Lucas 22: 42, 43).

La suerte estaba echada, Jesús el Cristo, hizo de la cruz su aliada y de la muerte su instrumento para “descender a las partes más bajas de la tierra a liberar a los cautivos” (Efesios 4: 9) Confirmando así que hubo un viernes de dolor y un sábado de silencio y por sobre todo un Domingo de resurrección para aquellos que lo recibieron como el Hijo de Dios y creen en su nombre.

Estamos entonces frente a un ser de origen espiritual, que vivía en otra galaxia (en el trono de su Padre) que su poder y autoridad lo recibía directamente de Dios, que pagó con su propia vida el recate de la humanidad. Por lo tanto Él no es una de las puertas, es la Puerta. No es uno de los caminos, es el Camino, no es una de las verdades, es la Verdad, no es una de las luces, es la Luz, no es uno de los cristos, es el Cristo Redentor, el hijo del Dios viviente. Jesucristo el Cordero inmolado, nos redimió con su sangre y nos ofrece su Reino de vida. Es con esa autoridad que se declara triunfante: “Yo soy el primero y el último; el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades…el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre “(Apocalipsis 1: 17, 18. 3:7). A él sea la, honra. La gloria, el poder y la majestad por los siglos de los siglos. Amen.

Rvdo. Miguel Ángel casco González
Presidente de la Coordinadora Evangélica –CEPRES y de la Comunidad de Fe