Nuestra Fe no es a la Carta, es a la Biblia: Dios bendiga a Israel

Opinión: 29/03/2016

Nuestra Fe no es a la Carta, es a la Biblia: Dios bendiga a Israel

Autor: Nicaragua905

I

Hay un hecho irrefutable que vale la pena valorar en estos días: nuestra cultura se aferra a la vida igual que el guanacaste a la tierra, con sus profundas raíces Judeo-Cristianas.

Pensar que se puede construir otra civilización, prescindiendo de los cimientos originales de la Creación, sí que tiene más de superstición que ser un desmesurado horoscopómano.

Claro, los detractores achacarán al credo común los males del planeta, comenzando por las guerras “santas”. Pero Jesucristo no promovió las abominables pasiones inferiores del odio y el rencor, nunca ocupó la sinagoga para deslizar –como “verdad revelada”– mensajes mundanos: no predicó la confrontación. Todo lo contrario. Enseñó el perdón y el amor al prójimo, comenzando con amar a Dios por encima de todas las cosas. 
Todo lo que entendemos de piedad, hospitalidad, respeto, nuestra Cultura pues, no provienen de sistemas filosóficos temporales. No somos una sociedad incierta.

Es imposible articular una visión política progresista, prescindiendo de la grandeza de los profetas judíos. Y no es manipulación proponer, ante el avasallante egoísmo del capitalismo despiadado y la dogmática del socialismo deshumanizado, la solidaridad del cristianismo.

II

Cuando un joven es arrastrado por las drogas, otro es evaporado por el alcoholismo, alguien más cayó preso, o una señora está muy grave, no hay filósofo por erudito que sea, que los saque de apuros. Ningún académico sale de su claustro a leerle a Platón, a meditar sobre Aristóteles, a darle ánimo donde esté postrado, con las últimas palabras de Sócrates.

En esos dramas de la vida nada valen los aforismos de Nietzsche ni la filosofía crítica de Kant. Y no significa que evitemos leerlos, es que en las horas supremas de la existencia nadie de ellos responde: solo Cristo.

Lo clásico permanece a pesar de los hombres. No se disuelve con el tiempo. Más bien resurge, humano y divino, sin las escorias de las fantasías que adornan con eficacia la ignorancia.

La fe, entonces, deja de ser doctrinal y la creyente, el fiel, se vuelven la mejor definición de carne y hueso que escribió el autor de Hebreos: “Fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”.

Si aceptamos que Jesús es el redentor, puente máximo –Sumo Pontífice– entre Dios y la humanidad; si reconocemos que su madre fue una jovencita judía y virgen, ahí no acaba nuestra fe. Empieza.

III

Las buenas nuevas no provienen de ninguna otra nación del orbe que de Israel. Su actual territorio de 20 mil 770 kilómetros cuadrados cabe casi tres veces en las dos regiones autónomas del Caribe de Nicaragua. Pues bien, de ese pedacito del mapamundi han salido muchas bendiciones de Dios. La principal de ellas es Jesús.

Gálatas 3:8 lo confirma: “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones”.

La misma Biblia se explica: “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (3:16).

Israel está en el plan de Dios. Jesús no nació en el aire y menos que fundara una religión para esclavos y pusilánimes, según arremetía Feuerbach, o formara parte de la “mitología hebrea”, como desdeñaba Marx. Es el Verbo encarnado.

Hay quienes consideran a Israel un “producto del imperialismo yanqui”, sin embargo, la Tierra Santa no es la “segunda parte” de un invento de la Sociedad de las Naciones, derivado de un capricho elevado a Declaración, en 1917, por el Reino Unido. Es Dios abriéndose paso en el Mar Rojo de la historia de los mortales, mediante una promesa que arranca con un Mandato ineludible: cuando aún se llamaba Abram, el Eterno le ordenó salir de Mesopotamia para ir a Canaán. Génesis 12:1-3 expone:

“Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.

Suena paradójico: “nación grande” que no llega ni a los 21 mil kilómetros cuadrado. Pero el punto de vista desde los Cielos desborda el limitadísimo ángulo terrenal. Dios no bendijo con su Hijo a una familia patricia en el Palatino romano. Él nació en la remota aldea de Belén, con un pesebre por cuna.

Tampoco el Señor avisó, con un edicto imperial, caballos y trompetas incluidas, el ministerio de su Unigénito: fue Juan El Bautista. No era “un hombre elegantemente vestido” –como Jesús reconoció– ni prefirió la metrópolis para anunciar el hecho más trascendental de la Historia. Él lo hizo en el desierto.

Jesús no eligió a los sabios de la encumbrada cultura grecolatina ni a los doctores de la ley; buscó pescadores, artesanos, “rústicos” y de “pocas letras”, dicen unos.

IV

Atribuirle a los Estados Unidos que por su voluntad Israel es “nación grande”, siendo cristianos, es contradictorio. Nuestra fe no es a la Carta para que escojamos el plato que nos gusta; es a la Biblia.

La Historia la sigue escribiendo el Señor, y no precisamente con portaviones y ojivas nucleares, sino con Educación. El académico británico Niall Ferguson, en su libro “Civilización, Occidente y el resto”, lo comprueba:

“En un grado que resulta realmente notable para un país tan pequeño, Israel se halla en la vanguardia de la innovación científica y tecnológica. Entre 1980 y 2000 el número de patentes registradas en dicho país fue de 7,652, frente a las 367 de todos los países árabes combinados. En 2008, solo los inventores israelíes hicieron 9 mil 551 solicitudes de nuevas patentes, mientras que la cifra equivalente para Irán fue de 50, y para todos los países del mundo de mayoría musulmana, de 5,657. Israel tiene más científicos e ingenieros per cápita que ningún otro país, y también produce más trabajos científicos per cápita que ningún otro. Su nivel de gasto en investigación y desarrollo civil expresado como porcentaje del producto nacional bruto es el más alto del mundo”.

Las bendiciones no son exclusivas de Israel. Jesús, que para eso vino, da Fe: “Para el que cree, todo le es posible”. Aunque la patria sea pequeña…