Los pequeños Donald Trump de Latinoamérica

Opinión: 29/03/2016

Los pequeños Donald Trump de Latinoamérica

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

Lo más triste es pasar por “valores democráticos y occidentales” una decadente visión imperial que da por embalsamadas, en el siglo XIX, las relaciones de Estados Unidos con Latinoamérica. Y el único deber del subhemisferio, para los infrascritos de ese demencial anacronismo, es seguir cargando los sarcófagos del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe.

La visita del presidente Barack Obama a la República de Cuba, más allá de las coincidentes amarguras de los extremistas de derecha y de izquierda, no solo está construida de simbolismos, sino de realidades: la de la nueva generación política estadounidense, hoy amenazada por Trump con un regreso vía exprés a la arrogancia faraónica.

A este relevo le corresponde dar pasos firmes en dirección a lo que sus propios próceres ya definieron, y no caer en la tentación de reciclar la época cuando, por la misma voracidad autoritaria del Norte, se desencadenó el inevitable desencuentro con el Sur.

Ir en contra de la Historia es un desorden, tanto que la paranoia –el sentirse perseguido por “fuerzas incontrolables”– es presentada como norma canónica: para “variar”, el mundo sigue dividido entre “buenos” y “malos”. Y eso que Sergio Leone, ya muy temprano en 1964, rompió el rudimentario facilismo de los comics, introduciendo al “feo” en los western espaguetis.

Momificadas diatribas de los años 60, aún con las vísceras intactas de la Guerra Fría, fueron sacadas del Museo de las Vilezas por personajes irracionalmente opuestos a que el cuadragésimo cuarto Presidente de la Unión viajara a la Perla de las Antillas:

“…Obama no ha calculado bien el avispero en el que se ha metido. Ha decretado unilateralmente el fin de la Guerra Fría con Cuba, pese a que la Isla insiste en asistir militarmente a los norcoreanos, ayudar a los terroristas del Medio Oriente, respaldar al sirio Bashar al-Asad o a los ayatolas iraníes. Tampoco importa que dirija la orquesta de los países del Socialismo del Siglo XXI (Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua), todos decididamente antinorteamericanos y empeñados en revivir la batalla que dejó inconclusa la URSS”.

Este cúmulo de desvaríos de Carlos Alberto Montaner rezuma un delirante fetichismo por la supremacía de Estados Unidos sobre el planeta. Nadie, libre de las supersticiones del capitalismo despiadado, sería capaz de creer el colosal disparate de que una pequeña isla que no supera los 111 mil kilómetros cuadrados sea el eje de la Tierra.

Es lamentable que desde la región surjan estos pequeños Donald Trump con incoherencias imposibles de hallarles partida de nacimiento en el subcontinente de “Azul…” y “Cien Años de Soledad”.

El caso de un ex vicecanciller peruano retrata el shock que la llegada de Obama a Cuba causó en algunos radicales que perdieron así el juicio: “¿Es concebible tamaño error de la primera potencia mundial, que no se achica ante China o Rusia, sino frente a la Cuba castrista?”.

Tampoco se corresponde con la seriedad que se supone distingue a un intelectual, el dislate de confundir el desarrollo de nuestras sociedades con los guiones de Disney Company. ¿Qué es eso de “batalla inconclusa”? ¿Acaso la saga de otro Lucas?

Ninguno de los citados en la lista del escritor una sola vez invadió militarmente a Estados Unidos. Ningún diplomático ocupó las embajadas en Washington para urdir golpes de Estado contra la Casa Blanca, tramar conspiraciones, fabricar híbridas “sociedades civiles”, instalar gobiernos adictos al “imperialismo latinoamericano”…

Al contrario

Camilo Egaña, de CNN, escribió que poco antes de la Semana Santa, Estados Unidos anunció la desclasificación de documentos relacionados con la dictadura argentina (1976).

Comentó: “se podrá saber más del Plan Cóndor, el tenebroso sistema de cooperación que, con la ayuda de Washington, las dictaduras latinoamericanas, asesinaban, secuestraban, traficaban cadáveres y prisioneros vivos, intercambiaban información y hasta regalaban recién nacidos. Jamás los represores fueron tan diligentes y efectivos”.

Nicaragua no transpira odio hacia los Estados Unidos por la instauración de la prolongada dictadura de los Somoza o el financiamiento de la sangrienta agresión y el inhumano bloqueo económico ejecutados por la administración Reagan. 
No hay malos sentimientos a pesar de las repetidas intervenciones armadas que le obligaron, en 1928, ceder a Colombia la mayor parte de su mar territorial en el Caribe, incluida la isla de San Andrés.

Por eso es una infamia evadir tan atroz historia con un borrón sin cuenta nueva: que los invadidos, los sometidos, los expoliados, las víctimas de la Diplomacia de las Cañoneras, la Diplomacia del Dólar, del Big Stick, del Plan Cóndor, del Documento de Santa Fe, del Consenso de Washington, las guerras de baja intensidad…, al final, por el “delito” de querer ser repúblicas, no colonias, son “decididamente antinorteamericanos”.

Los latinoamericanos son tan “antinorteamericanos” como George Washington y Thomas Jefferson fueron “decididamente antibritánicos”. No es cierto que aborrezcan al país de las barras y las estrellas, por la sencilla razón de que no se puede estabular a Nuestra América en ambientes históricos tan desfasados como la narrativa que lo justificó, y menos arrodillarlos ante la banda sonora de sus dogmas inútiles.

Sin embargo, la reconciliación debe ser de doble vía, y no dejar que “la peste del olvido” nos quite el derecho de contar con “una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Sensatez

Solo unos especialistas podrían atender con misericordia a dos enajenados que comparten sus trastornadas reincidencias, luego de no soportar ver a los presidentes Castro y Obama disfrutar el encuentro Tampa Bay-Cuba:

“Imagínese si durante la dictadura de Augusto Pinochet, el presidente estadounidense Jimmy Carter hubiera viajado a Chile y asistido a un partido de futbol junto con el general chileno” (Andrés Oppenheimer, aplaudido por el ex vicecanciller Vivanco).

¡Por Dios, en qué cabeza cabe ver a Carter a la par de un gorila sanguinario creado por Nixon y Kissinger! Hasta la imaginación cuenta con sus saludables límites que no toman en cuenta estos escindidos de la Patria Grande.

Basta un solo dato vivo de la sensatez de nuestros pueblos: durante las Cumbres de Las Américas en las que participó el comandante Fidel Castro, él era la estrella. Los vivas, los saludos a la Revolución, constituyeron el homenaje a Cuba que, asediada y bloqueada, se hizo nación con sus relevantes logros educativos, sociales, científicos… y sin pedirle permiso a nadie.

Puesto que la realidad no pertenece al desconectado reino de la alucinación, que respondan los pequeños Donald Trump latinos ¿Cuándo y dónde fue que vieron al asesino de Víctor Jara ser recibido en olor de multitud?

En el mundo real, la histeria de unos cuantos no es la Historia de todos.