Cuando el mundo, don Quijote, giraba con su español sincero y potente

Opinión: 25/04/2016

Cuando el mundo, don Quijote, giraba con su español sincero y potente

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

(En el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, 22 de abril de 1616.)

Antes, cuando el mundo no rotaba tan rápido, las navidades tardaban una vuelta completa a la galaxia y las procesiones patronales parecían que pasaban por la mismísima Plaza de San Pedro, todo se nombraba en español.

La gente en su casi totalidad estaba lejos de arrodillarse ante el altar de los artificios de Hollywood para llevar un nombre de celuloide –blanco, anglosajón y protestante– a la pila bautismal. Prefería los invictos sermones de carne y hueso que ya anunciaban Benedicto, Benito, Buenaventura, Casto, Fidel, Dolores, Modesta, Cruz, Jesús, Trinidad, Concepción…

Otros todavía olían a corozo e incienso y ciertos padres cargaban sus penitencias sobre el cipote, que entonces se llamaba así al tiernito, y no baby. Eran los tiempos cuando se le buscaba un parecido a alguien destacado de la familia y no al niñito de Gerber, que en realidad era una chigüina.

Había, pues, muchos Pedro Nolasco, Pompilio, Telmo, Toribio y Terencio…, un mundo en español en el que sobreviven los Encarnación, los Genaro, las Clotilde, pero que ahora, a menos que sea un católico milimétricamente fervoroso, ya no bautizaría a su hijo como Eusebio, Gregoria o Lorenzo, razón por la cual son pocos los Chevo, las Goyita y los Lencho que andan por esta vida. Pero como todo tiene solución, unos han optado por “actualizarse”. En vez de Pablo, Oliverio y Catalina: Paul, Oliver and Kathy.

En esta ingratitud con las gracias de antes, Chevo ni como Eusebius pasa, además que para una madre “moderna”, Renata ni Cipriana le suenan tan lindo como llamar a su hija, Allison.

Ingratitud o no, lo que los progenitores juzgaron una bendición extraída del santoral, algunos y no pocas, lo consideraban un castigo, así unos escondieron sus legítimos nombres y otras sacaron de circulación a Sebastiana, Juliana, Atanasia…

Se sabe que el Papa abrió las puertas de la Iglesia a los divorciados, pero nada se ha dicho hasta hoy de aquellos que abjuraron de lo ordenado por el calendario Gregoriano, al acudir a los oficios mundanos de un abogado, o de los que asentaron a su prole con los créditos de sus estrellas favoritas. Lo claro de todo esto es que ahora algunas planillas laborales parecen repartos de telenovela y hasta de la Paramount Pictures.

Un mal ejemplo temprano desde la misma España pudo ser el de Miguel Rafael Martos Sánchez, que llevando dos nombres célicos, olvidó un arcángel y no confió tanto en los poderes del otro, al menos en el idioma que inventó su país, para darle al parecer, la fuerza que en inglés podía superar a Supermán: Raphael. Claro, con semejante voz, el divo de Linares alcanzó la indulgencia colectiva, según los millones de discos vendidos y conciertos abarrotados.

Recordemos que Rubén es el Príncipe de las Letras Castellanas y también debiéramos nombrarlo Príncipe de las Letras Españolas, si los académicos conceden el mismo valor a las dos designaciones de nuestro idioma enriquecido de latín, árabe y griego.

Por eso, prefiero hablar de castelnáhuatl, que mangueñol; en todo caso, con esas vertientes americanas del caltelguaraní, castelmaya, casteltahíno…, vitalizado por Darío, el castellano se volvió lengua de los encuentros, planetaria, portentosa: nos hace saborear las culturas antiquísimas, las recrea, las vive y las mantiene a través de la palabra con alma que no borra las otras, sino que renacen expandidas y nos refuerza la unidad americana; es palabra reconciliadora para reconciliados, porque por ella y a través de ella, nuestras naciones palpitan.

Esta fortaleza de la lengua común no respetaba los artefactos de aquella considerada, años ha, última tecnología, y nadie se avergonzaba de su abecedario nativo, mucho menos de sus sonidos espléndidos.

Se pronunciaba Larga Duración, en vez de Long Play, y cuando se prefería el término inglés, aún teníamos tanto respeto al habla natal que se decía Ele Pe, no ´l Pi, para nombrar el comal de acetato, bisabuelo de lo que hoy decimos Ci Di, en vez de CeDe, que en todo caso sería DC. No había disk, disc, sino disco, y locutores en vez de Disc-Jockey. 
El siglo acústico evolucionó de las vitrolas a los tocadiscos, consolas, equipos de sonido, mini componentes: todo sonaba propio, aunque para muchos, fueran de otros.

Nuestro idioma muy rara vez dejaba pasar un término extraño; lo asimilaba, pero marcándolo hasta el tuétano con el fierro de su acento: rockonola, pronunció Nicaragua, en vez de Rock-Ola.

Los tres poderosos inventos de entretenimiento, cultura e información que sacaron de dudas a las viejas generaciones si estaban o no en una centuria distinta, llegaron con la mismísima voz de Cervantes: el cine, la radio y la televisión.

Aun cuando la Unión Soviética y los Estados Unidos fueron a la conquista del espacio, el castellano no fue conquistado fácilmente en nuestra tierra por las tecnologías que ponían de punta la imaginación. Podíamos conocer las maravillas que orbitaban sobre nuestra cabeza con nombres que nos proveía el español sin agotarse, tan sideral demostraba que era: cohetes, naves, satélites, módulo lunar, astronautas, alunizaje, módulo de mando, estación…

Hoy puede que una nueva generación no comprenda que su idioma es uno de lo más vivo de la Tierra, y frente al mundo informático lo consideren una lengua tan muerta como el sánscrito.

Se dice “Tablet” por tableta, “USB” por memoria, “mouse” por ratón, “CPU, Central Processing Unit”, por Unidad Central de Procesamiento. ¿Y el MP3?

Ni siquiera la Real Academia Española ha podido evitar que la máquina esté ganando esta decisiva batalla a la iberoamericanidad. No cuando al usuario se le ofrece, por ejemplo, salidas como esta traducción RAE del “hardware” que parece una explicación de la Hemphill School: “Conjunto de los componentes que integran la parte material de una computadora”.

Pero nuestro querido idioma, dariano, sincero y potente, sabrá luchar contra los tecnologizados molinos de vientos que resultan inocuos en comparación a las tempestades inicuas de los gigantes Caraculiambros del mal.

Lengua gloriosa, llama al pan pan y al vino vino, porque no es un idioma hecho para los falsarios y sus infamias conexas, de ahí que se importen voces que suenan elegantes para tapar mejor sus horrendas miserias.
“Impeachment” es el último término que el castellano no se traga fácilmente ni con todas las variantes que le fabriquen los interesados.

A don Quijote nunca lo movería a tomar su adarga antigua semejante anglicismo. Él iría con su Rocinante a cabalgar si Sancho, en una de esas, cuando “sale con unas discreciones que le levantan al cielo”, se lo dijera en perfecto español, aunque se dirigieran a desfacer tuertos a tierras de habla portuguesa:

“A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, tal bellaquería Golpe de Estado es”.