De los ONG convertidos en pistas de circunvalación política

Opinión: 10/06/2016

De los ONG convertidos en pistas de circunvalación política

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

En la democracia es común que las agrupaciones y coaliciones políticas aprovechen las libertades para intentar convencer a la ciudadanía de que sus propuestas son las correctas.

En Nicaragua también hay individuos que, siendo políticos, por alguna razón detestan a los partidos. Por lo visto, no les gusta perderse en el anonimato de los correligionarios de cuarta fila, al preferir el estrado y las cámaras para ataviarse de una imagen potable. ¿Cómo hacerlo?

Constituir un partido-oenegé de facto, con “causas más sublimes” que la mundana ambición de luchar por el poder, es una vía, mejor dicho, un bypass: se evita el desgaste de transitar la extensa ruta de un partido y se ahorra cargar un inmerecido estigma solo por militar sin caretas en una determinada opción política.

Además, hay manos libres desde estos oenegés hasta de utilizar el azuliblanco de la Bandera Nacional para atacar a la competencia de colores políticos: están llenos de “mañas”, solo buscan un cargo, un escaño…

Por si fuera poco, se fabrican una aureola de santidad cívica y tenacidad patriótica que hasta los veteranos –que entraron a la política sin la trampa de acortar camino por la pista de circunvalación de los oenegés– se apartan para que estos “iluminados” aireen sus viejos estandartes.

Ciertamente, es parte del ejercicio de la libertad de asociación organizar un oenegé y articularse con otros, pero de eso a autoproclamarse representantes del pueblo nicaragüense, solo porque se hacen llamar “sociedad civil”, es una actitud autoritaria. Un autoritarismo que atropella la Constitución para atribuirse roles que no le corresponden.

Irremediablemente, los “líderes” de la “sociedad civil”, que guardan una similitud con las sectas puritanas, terminan aceptando por los hechos lo que tanto niegan con sus “inmaculadas” letanías.

Para esta “sociedad”, igual que los religiosos ortodoxos que si no pertenecen a su iglesia son “infieles”, “idólatras”, “impíos”…, solo ellos personifican la “salvación”, la “integridad” y la “pureza” de la “democracia”.

Estos “puritanos” se presentan como “la voz del pueblo” igual que los fanáticos religiosos se consideran “la voz de Dios”. Ambos, no obstante, nunca dan pruebas de dónde les viene su mandato o presunta divinidad; cuándo el pueblo los “ungió” como sus “líderes” o en qué día, mes y año Dios les “reveló” su “sagrada” misión.

Partidos son escrutados

Sin dudas, hay oenegés que llevan adelante programas de beneficio a sectores específicos. Mas, para hacer política están los partidos legalizados o bien desde la particularidad, en tanto no se caiga en la irresistible tentación de creerse “el pueblo”.

Deformar una oenegé en un partido no es un acto democrático, sino un golpe de la burocracia a la democracia.

La fuente y legitimidad de la Democracia radica en el pueblo. Pero sin haberlo convocado ni consultado, he ahí que estos operadores políticos desde sus oficinas llaman a “la rebelión” y no al proceso electoral.

Es que le tienen tanto temor a los sufragios como Drácula a la cruz. Por eso descalifican encuestas, consultas, urnas y todo lo que tenga que ver con los votos, porque nadie los eligió.

La fobia de estos oenegés a los comicios lo resume en “La Prensa” Luisa Molina, directiva de la Coordinadora Civil: “no existen en el país las condiciones para celebrar elecciones nacionales”.

El mismo diario identifica el papel de la “sociedad civil”: “‘La activista política también aseguró que en la actual coyuntura electoral no se observa una fiesta electoral. (…) ‘dónde está la participación de la gente, no vemos esa participación…’”.

Los partidos al menos se someten al escrutinio público durante las jornadas electorales y, aunque no lo quieran, sus nombres suenan o no en los sondeos que con regularidad se practican en todo el país. De ahí que se conoce muy bien su incidencia o su ausencia, su popularidad o su ínfima influencia, sus debilidades o fortalezas.

Una dama de la “sociedad civil” acaba de oficializar su verdadera pasión: la política. Algo nada raro en los cacicazgos no gubernamentales.

Doña Violeta Granera modeló laboriosamente su figura política al blindarse en su oenegé de las críticas, de la mala prensa y del descrédito que casi siempre sufren los políticos normales a manos de sus rivales encubiertos.

Sin embargo, el emerger de un partido anómalo acarrea fallas de origen: el olfato político no está debidamente desarrollado, de ahí que haya aterrizado en el lugar equivocado.

Ella escogió a la agrupación que hasta el miércoles –reconociendo la jurisdicción de la Corte Suprema de Justicia– se disputaba la titularidad del Partido Liberal Independiente con otras facciones.

El solo hecho de acudir al máximo tribunal de justicia es una aceptación tácita de lo que la sala correspondiente emane, sea favorable o no a los intereses del recurrente. Esto si en realidad se es respetuoso del Estado de Derecho.

Aristóteles escribió que “el derecho es la regla que organiza a la asociación política, y el derecho consiste en el discernimiento de lo justo y de lo injusto”.

Con todo, la señora Granera no deja de dar una lección a los encumbrados mediáticos: que como ella bajen de sus peañas, nichos y púlpitos. Y como cualquier político mortal, demostrar en noviembre si su “liderazgo” es de mesa o de masas.

Algo difícil, pues ubicándose por encima del bien y del mal, no quieren abandonar su zona de confort, protegidos de las elecciones, de las encuestas y de cualquier medición terrenal.

Desde ahí juzgan y condenan a las formaciones políticas: “‘Sus intereses están enfocados en buscar cuotas de poder. (…) La preocupación fundamental ha sido esa de cómo se reparten y no presentar programas para la sociedad ni candidatos de consenso, porque los candidatos que presentan parecen ser candidatos de los dueños de partidos y no de consenso’, fustigó” el “enlace nacional de la Coordinadora Civil”.

Lo peor es que después de demolerlos, de no dejar más que siglas sobre siglas, quieren que de estos escombros partidarios surja una victoria contra el Frente Sandinista.

Empero, una sociedad con su corazón bien puesto en la paz no se deja llevar por hígados ajenos y menos por sus conclusiones biliares.

El odio no multiplica los votos.