La Democracia y los predicadores del elitismo y la excomunión

Opinión: 14/06/2016

La Democracia y los predicadores del elitismo y la excomunión

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

Hay una derecha que exhibe un precario sentido de la Democracia, tanto que trata de presentarse como su absoluta gran propietaria y no solo eso: se cree la encargada de decir y decidir quién recibe, o no, la membresía de demócrata, como si tratara de un club de élite.

Solo el querer privatizar el hermoso concepto humanista con el que mejor se entienden los hombres y mujeres, amén de abrirles oportunidades colectivas e individuales, ya es una aventurera irresponsabilidad…

…O efectos del neoliberalismo: uno de los peores defectos que conoció el mundo, tras las ideologías inhumanas del siglo XX que se erigieron sobre los campos de concentración, las purgas fatales y la persecución implacable de los que no aceptaron el Estado bárbaro, no importa la armazón teórica de la que echaron mano sus constructores para justificarlo.

El neoliberalismo despiadado desmanteló en Nicaragua los bienes públicos, puso precio a la Salud y la Educación, sin consultar para nada al soberano como mandataba la Constitución, porque los nuevos gobernantes no estaban de humor para leerla, menos para obedecerla. En la democracia vertical, la idolatría al dinero no necesita de consensos.

Así sepultaron los intereses del pueblo bajo la lápida del “todopoderoso” mercado, al degradar la institucionalidad y el Estado de Derecho a “Estado facilitador”.

La derecha conservadora, con esa visión tan corta y estrecha como magro y estrechísimo es el apoyo que obtiene del pueblo nicaragüense, quiere ahora que la sociedad los asuma como sus únicos representantes. Pero la voluntad ciudadana no es parte de su inventario.

Este grupo apenas es la rama menor del árbol de la oposición (8-10%), con un índice del 3-4% de popularidad. Y siendo apenas rama, se cree el bosque tropical del país.

Nicaragua es más de 6 millones de almas superior a los que se consideran la “quintaesencia de la democracia”, un cenáculo que hasta hoy no dio una sola prueba de sus francas convicciones por este sistema de gobierno.

Un rápido recuento los descalifica: cuando un organismo de ese parque ideológico, no tan extremo, llamó a las primarias para terminar con el dedazo del caudillo, el movimiento “Vamos con Eduardo” que se identificaba como Partido Liberal Independiente, entre otras facciones del mismo toldo, lo rechazó: “Son payasadas”.

Luego, en medio de los llamados de otras organizaciones liberales para unificarse, salieron apresurados con candidaturas maduradas al carburo, asignadas por la misma logia.

Un partido se constituye por motivos más sublimes que unir los rencores dispersos, los odios y las envidias, y el oscuro capricho de recuperar el poder solo porque todavía lo consideran un privilegio colonial, cuando peninsulares, criollos y descendientes lo ostentaban. Si otro estamento sin hacienda aspiraba al gobierno, constituía una “herejía”; un acto fuera de la “ley de Dios”. Peor si el movimiento lo componían indios, mestizos y mulatos.

La nueva Revolución

Democratizar la democracia es la Revolución más moderna y duradera que puede echar a andar a un país. Empero, cambiar los viejos patrones siempre acusará la resistencia del pensamiento caduco.

En el inconsciente colectivo, aunque alguien de cuna desconocida fuera a estudiar filosofía hasta Europa, estaba grabado que el “orden de Dios” es la sumisión en cuerpo y alma a la cúspide blanca: a su ideología, a sus (anti) valores, a su excluyente cultura.

La propuesta del “cristianismo y solidaridad” que el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional preconiza, cumple el objetivo de horizontalizar la democracia: esta no concluye con una liturgia electoral, sino que inicia donde los descartados de los que habla el papa Francisco comienzan a integrarse a la sociedad.

Es un reto, es un camino y un desandar del egoísmo tan incrustado en la mente de algunos que no importa cuántos años haya estudiado teología, que lo considera “normal”. Sí, “normal” es que los pobres no tengan derechos y que si son incluidos, es “a cambio del voto”; que si son protagonistas de un programa socio-productivo, es por “populismo”. Tanta es la dureza de estos corazones.

La democracia abandona la levedad de su formato para contar con un contenido social y económico de peso, de acuerdo a las posibilidades de la nación. Es un acto de fe hacia adelante que se distancia saludablemente de los que solo se acuerdan del prójimo desde el balcón de la lástima: una caridad contemplativa que no dignifica a nadie porque vuelve la mirada a las Sodomas y las Gomorras del pasado, con la melancolía paralizante de una estatua de sal.

El Papa, dirigiéndose precisamente a los jóvenes estudiantes de las escuelas jesuitas, exhortó: “No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte, porque somos hermanos. No hay que descartar a nadie. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. Pensemos en la multiplicación de los (peces y) panes de Jesús. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quién está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza” (7 de junio 2013).

Todas esas juventudes del sandinismo que se ven en los barrios y comarcas, en los tiempos de inundaciones, sismos, peligros volcánicos, sequías, o aliviando las secuelas de la extrema pobreza, es una hermosa escuela de solidaridad, no de lástima; una escuela que no rinde culto al atraso y al descarte, porque se trata de levantarse y avanzar, que es el mensaje preferido de los ángeles a los profetas y apóstoles de Dios.

No cambiar nada es ir en contra de la Historia, y esta como la Democracia nos incumbe a todos, no solo a los que con “virtudes prestadas”, como diría Carlos Fuentes, predican el elitismo y la excomunión de partidos que no se sumen al extremismo conservador en todas sus presentaciones.