Carlos Fonseca y la veracidad del Sandinismo

Opinión: 27/06/2016

Carlos Fonseca y la veracidad del Sandinismo

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

A lo largo de la historia universal, los que han sido protagonistas del avance, inconformes con el estancamiento y la caducidad de ideas y comportamientos que atrasan a los pueblos, son fáciles de distinguir: son los más atacados y calumniados.

Los que cometen actos no tan buenos que digamos, hasta donde sus circunstancias y reducidos espacios de mando lo permitan, siempre se considerarán inmaculados y dispuestos a agraviar a quienes se rebelaron contra la veneración del atroz pasado y la multiplicación de sus tristes vestigios.

Carlos Fonseca fundó el Frente Sandinista a sabiendas de que al retomar el pensamiento y bandera del General Sandino, también heredaría todo el escarnio que sufrió el guerrillero, sus oficiales y soldados, tanto que escribió: “el amo yanqui y sus peones pretendieron denigrar el nombre de los héroes”.

Sin embargo, las mayorías no son las que participan de semejante vileza, al contrario: por participar en las luchas, recibieron la “bienvenida” que los “peones” suelen dar a los que portan en su ADN los cambios históricos: “turbas”.

Sandino recibió un diluvio de insultos e injurias, además de una envenenada campaña de la prensa al servicio de los intereses de la intervención en la época. Carlos, posiblemente a inicios de los años 70, hizo una relación de esta verídica Historia de la Infamia que no logró escribir Jorge Luis Borges:

“Calvin Coolidge, presidente de los Estados Unidos: ‘En la actualidad solamente quedan en el país algunas partidas de bandoleros; gentes fuera de la ley, que son perseguidos activamente por las autoridades’”.

“Henry L. Stimson, ex representante personal de Coolidge en Nicaragua: ‘Por informes de otras procedencias y por las que suministró Moncada, he llegado a la conclusión de que Augusto César Sandino es un hombre que vivió del pillaje’”.

“Palabras de Frank B. Kellogg, Secretario de Estado del gobierno de Coolidge: ‘No son más que bandidos comunes’”.

El ideólogo conservador, Carlos Cuadra Pasos, ministro del deplorable Adolfo Díaz, acusó: “Es un bandido y su principal ocupación actual es el pillaje y los asesinatos”.

Carlos detalló: “Almirantes, generales, millares de invasores, millares de ‘perros’, armas modernas, aviones, acorazados, oligarcas vendepatria, no pudieron vencer al ejército de los dignos y humildes, comandados por el obrero-campesino Augusto César Sandino”.

Pero de Taft a Coolidge, de Eisenhower a Nixon, de Reagan a los Bush, se pasaron la estafeta con la misma estampilla: los patriotas, que nunca lanzaron un buscapiés en las calles de Washington, son “enemigos de los Estados Unidos”.

Norte y Sur

Magnífico sería que la sensatez privara en la Casa Blanca del siglo XXI, para que fuera demolido el bicentenario muro que separa el gran país de Latinoamérica y el Caribe, donde en el Norte están los “buenos” y en el sur los “malos”, es decir, los que no hacen méritos para graduarse de “peones”.

En los años 20-30 del siglo anterior, el Presidente y los altos representantes de la nación más poderosa de la tierra, con el aguijón ponzoñoso de los subalternos nicaragüenses, acudieron a toda clase de medios para acabar primero con la imagen de Sandino y, posteriormente, perpetrar el magnicidio.

Mas no bastó el crimen: no pudieron sepultar los ideales de Sandino. A pesar de la voluntad de los magnicidas para vilipendiar hasta desaparecer de la memoria patria al heroico guerrillero, el pueblo no permitió que el funesto engaño pasara como la “Historia de Nicaragua” que leería con el respeto de una verdad sagrada.

Después de Coolidge, el somocismo, en todas sus variantes, acometió la deleznable misión de querer “reelaborar” la figura del héroe a su imagen y semejanza. Esto es, atribuirle a la persona que se odia –una manifestación activa de la envidia– las bajezas que sus mismos detractores practican.

La Historia de Nicaragua hasta el siglo XX y sus amagos en el XXI, se sustenta en la ideología conservadora, madre de las paralelas históricas y protectora feliz de sus contradicciones…hasta hoy.

Su intelectualidad y su clase política, salvo rarísimas dignidades, maltratan perversamente al niquinohomeño y todo lo que despliegue su nombre.

Liberales y conservadores no lo soportan, pero esa narrativa abominable y absoluta sufre un golpe que tambalea el pensamiento conservador desde sus cimientos: Carlos rescata a Sandino. Y no porque hacía falta su retrato en la Casa del Obrero o en el calendario de las efemérides, sino para llevarlo al pueblo, pues sabía que Augusto César estaba hecho de multitudes.

Y multitudes son las que rubrican la fuerza y luminosidad del Sandinismo. Es la prueba evidente de que Sandino tenía razón y Carlos la certidumbre de que Nicaragua no se explicaría sin el General. Para la extrema derecha, esto es imperdonable.

Sus adversarios acérrimos de ayer y hoy querían que Sandino quedara reducido sino al olvido definitivo, a unas siglas intrascendentes y se diluyera en la soledad en que terminan los rencores de los caprichos insatisfechos.

La vitalidad del Sandinismo proviene de su fe, de sus móviles de justicia social y desarrollo, no de ninguna fobia o resentimiento a los Estados Unidos. Cualquier movimiento con esas pasiones inferiores está condenado a su explicable ocaso.

El enlace de la Revolución viene, así, desde el general Sandino, el comandante Carlos Fonseca y el presidente y comandante Daniel Ortega, en una continuidad histórica en la que participa la dirigente e intelectual sandinista, Rosario Murillo. Hoy, la principal formación política de Nicaragua, el FSLN, es una opción potable para la diversidad nacional.

Bien dicen los hechos que el presente periodo, con el Frente Sandinista, es una síntesis de la Historia que los operadores del pensamiento conservador desconocerán y al contrario, maldecirán, por fallas de origen.

El académico Rafael Casanova cita que el caudillo conservador, Emiliano Chamorro, confesaba en sus memorias:

“La confianza que yo había puesto en el Doctor Sacasa (se comprobaba) en que yo había prestado muy buen servicio, contribuyendo con mis amigos en el Congreso anterior para que se diera amnistía a todos los que hubieran intervenido en la muerte del General Sandino y miembros de su Estado Mayor” (Las trampas del poder, 2005).

No es “casualidad”, porque todo en este mundo es causal, que quienes levantaron la bandera rojinegra para izarla en las transformaciones, en la solidaridad, en el modelo de alianzas y consensos, sean objeto de los mismos y vetustos ataques padecidos por Sandino, solo que desde un rejuvenecido odio.

No hay revoluciones perfectas. La sandinista es sencillamente humana, porque Sandino no fundó una religión; Carlos jamás intentó conformar una dogmática tras redescubrir al General; ni la dirigencia del FSLN se precipitó en articular una liturgia laica para la Revolución.

A nadie se le ocurre, menos al Frente, construir el Paraíso de la Unanimidad. Pero trabajar por una Patria Grande tampoco es pecado.