Fidel… la palabra alzada

Opinión: 12/08/2016

Fidel… la palabra alzada

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

I

No solo el vasco Ramón Belausteguigoitia fue sincero: como él, algunos hubiesen querido al general Sandino en un escenario desmesurado, no en un país pequeño como Nicaragua.

Con el tiempo, también otros pensaron lo mismo de Fidel Castro por su natal isla. Pero las patrias son tan inmensas como sus héroes, no importa el tamaño, pues las glorias no se miden en kilómetros cuadrados, sino en la legitimidad de sus banderas. Y Augusto César como Fidel no solo fueron y son legitimidad y estandarte: encarnan la causa misma.

No se necesitan enormes territorios para que procreen hombres extra continentales. Porque tampoco de los amplios mapas de América surgió un gigante de la derecha como la izquierda lo ha gozado en Fidel. Lo que existe es un listado triste de liliputienses latinoamericanos: Anastasio Somoza, Alfredo Stroessner, Rafael Leónidas Trujillo, Augusto Pinochet…

En los años 50, 60 y entrado los 70 del siglo XX, al sur de Lázaro Cárdenas, la honrosa excepción en el continente, no había países, sino cuarteles, y donde no eran tan obvias las charreteras, el poder civil no caminaba sino que desfilaba al compás castrense.

Tal era la América Latina que vio surgir a Fidel. Lo que se proponía, cuando su nombre comenzó a sonar en la lucha guerrillera contra la dictadura de Fulgencio Batista, parecían las páginas latinoamericanas que le faltaban a las memorables batallas homéricas.

El triunfo de la Revolución Cubana por todo lo que implicó, más el personaje que la llevó adelante jugándose la vida por los ideales de liberar un país, provocó una conmoción en las juventudes: Fidel se enfrentó a una maquinaria de guerra apoyada, como las otras satrapías militares, por Estados Unidos en la mala hora de sus relaciones con el subhemisferio.

No hay registro en la historia moderna de otro impacto en las voluntades de América como aquel 1 de enero. Quienes combatían contra los ejércitos de ocupación en sus propios países supieron que ya no estaban solos y debían aclarar, para que las culpas no recayeran en la joven Revolución, que ni Cuba ni Fidel eran responsables de que tomaran el camino de las armas contra las tiranías autoproclamadas defensoras del “mundo libre”.

II

Los reflectores destinados para las grandes urbes de repente empezaron a virar hacia América Latina. Cristóbal Colón no había descubierto totalmente a América. Salvo los Estados Unidos, el hemisferio era un completo desconocido: Cuba, de escasa dimensión territorial, alumbró al segundo continente más grande del mundo.

Algunos podrán considerarlo exagerado, pero el subcontinente –tan perdido como la Atlántida– empezó a emerger para las metrópolis más allá del papel que le asignó el capitalismo global: productor de materias primas. Empezaron a darse cuenta de que contaba con gente y esta gente poseía alma, cultura, tradición, idioma, espiritualidad, sueños, esperanzas…

Es difícil comprender la hazaña que curó la “peste del olvido” macondiano. A falta de argumentos se acusó a Fidel de “exportar” la Revolución. Si esta sacudió América, y otras latitudes del planeta, fue porque llevó la grandeza de su justicia ante la inveterada postración de nuestros países.

Como raza y como región se nos había expulsado de la civilización occidental, aunque en verdad nunca nos habían dejado formar parte. Los “cosmógrafos” del tablero económico mundial nos mandaron al Tercer Mundo.

Sin embargo, con la Revolución de la República de Cuba, el “mundo civilizado” se dio cuenta que existía la palabra cuando comenzaron a escuchar al doctor Castro y al Che. En una época cuando los astrónomos querían oír lenguajes de otros planetas, explorar el espacio y caminar en la Luna, se oyó la voz del joven revolucionario pulsar inédita, con estilo, elegancia y profundidad: las verdades no solo pertenecían a las metrópolis.

América también tenía derecho a narrar su Historia. Por primera vez un país latinoamericano no era una mala traducción de otros. Era él mismo. Y ser uno mismo es peligroso.

Por eso, entre tantas embestidas, sufrió el cruel bloqueo económico. El presidente Barack Obama denunció el fracaso de la agresiva política e intentó ponerle fin a lo que hoy constituye el último muro de la Guerra Fría.

El desarrollo de la educación, el deporte, la ciencia y la cultura comprueban el grandioso talento cubano en medio de ese huracán sostenido de casi 60 años. ¿Qué no sería Cuba si aun así ha multiplicado los peces y los panes con los desfavorecidos del mundo?

No obstante, además del embargo, hay algo peor todavía: el cerco mediático de infamias de las fábricas de opinión. Es tan deleznable que el escritor Carlos Alberto Montaner, en defensa de Israel, lo califica de “crimen moral”. Mas no solo el Estado hebreo ha padecido “el asesinato de la reputación”. Cuba, señor Montaner, es su principal víctima.

En medio de todo esto, Obama, al descongelar las relaciones con la nación caribeña y poner sus pies en La Habana, igual que Neil Armstrong, dio un pequeño paso como hombre, pero como Presidente de los Estados Unidos fue un gran salto para la humanidad.

En 2017, la nueva Administración estadounidense debe tomar esta apertura como un preámbulo para tender los mejores puentes de entendimiento con América Latina a un nivel superior.

III

Sin Fidel no hay boom de la literatura latinoamericana. Son sus deudores aun aquellos que llenos de fama, después de ser catapultados por la Cuba rebelde, le retiran su apoyo y voltean sus plumas contra la Revolución que tanto les ayudó a volar.

¿Cuánto se le debe a Fidel? Aunque hoy lo desconozca, Mario Vargas Llosa no fuera el escritor reconocido que es si no acaba primero la diversión de la codicia organizada en 1959, cuando “llegó el Comandante y mandó a parar”.

Gracias a una Revolución de Izquierda, él es un prominente gurú conservador. Y aunque no se lo propuso, contribuyó a fundar la última desgracia de la derecha ortodoxa: terminar de asilo para la ultraizquierda jubilada.

Julio Cortázar y Gabriel García Márquez eran los únicos de aquella pléyade magnífica del boom que quedaron para siempre con la Isla, en las buenas y en las malas, con sus errores y sus aciertos, porque no todo es culpa de Washington. 
Ellos fueron tan fieles como el comandante Tomás Borge en el calendario –l3 de agosto– o fuera de él: siendo notable prosista, sacrificó su talento literario y su deseo de ser un vendedor de metáforas, para componer otra Revolución sin odio, que son las que perduran.

Solo los corazones habitados de concordia saben hacer revoluciones de verdad hasta donde les dé la vida por los demás. Es la poesía de la solidaridad. Son los que demuestran que incluso, ante las “despiadadas” geografías que algunos llaman “destino”, lo que realmente importa son las almas que, a uno y otro lado de Nuestra América, redefinen la Historia.