Ex-PLI: representatividad ficticia y usurpación real

Opinión: 17/08/2016

Ex-PLI: representatividad ficticia y usurpación real

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

I

Si un gobernante es evaluado periódicamente, así como sus cifras de éxito pueden o no ser las mismas que cuando asumió el gobierno, también sucede con los partidos que participaron en la contienda presidencial.

Sin embargo, en el contexto de Nicaragua –como en República Dominicana o los Estados Unidos– los porcentajes de la boleta electoral del Jefe de Estado, Daniel Ortega, muy lejos de caer en picada, se multiplicaron, según lo confirman una y otra vez las empresas encuestadoras. Y caseríos recónditos.

A la inversa, el llamado partido “segunda fuerza” no logró validar sus cifras iniciales ni poner al día sus cuentas con la Historia y la justicia. Es que no siempre el apoyo está escrito en mármol de Carrara sino en barro. Y hay muchos ídolos de barro en este mundo.

El Partido Liberal Independiente es, después del FSLN, una estructura que cuenta con sus magnas páginas de sacrificio y heroísmo, pero la cúpula que en un determinado momento detentó su membrete, al no poseer un sólido historial, decidió mandar a los anales del olvido el invaluable acervo. Aun así, los advenedizos ocuparon la simbólica bandera roja con su estrella blanca para vivir un rato de glorias prestadas, pero extrañas para ellos.

La galería de venerables caídos del PLI, fundado en el año del Señor de 1944, resultaba desconocida; nadie, en sus discursos recordó una frase, un pensamiento, un hecho de aquellos ilustres fundadores del liberalismo disidente, cuando serlo se pagaba con la muerte, la cárcel o el exilio.

Ninguno de los “nuevos” PLI fue capaz de recitar los sentidos versos de Edwin Castro y escribirlos en una manta o tan siquiera en una pancarta.

Manuel Díaz y Sotelo, organizador de una de las primeras guerrillas de Nicaragua en 1959, en los valles de Estelí, capturado, torturado y asesinado por la Guardia Nacional, no representaba nada para los que pensaban que con ser apoderados del partido bastaba y sobraba.

Nadie recordó al primer mártir de la Universidad, Uriel Sotomayor. Aquellos eran muertos ajenos.

Si ni siquiera sintieron una identificación con la sangre que abonó al PLI, mucho menos que la tuvieran con la vida del pueblo. Es lo que acontece cuando en una noche se acuestan como Alianza Liberal y se despiertan como PLI, y ayer nomás descollaban en la coreografía del poder, cuando el Partido Liberal Constitucionalista gobernaba el país.

Por vez primera en el país se observa a un grupo variopinto, sin raíces liberales y de distintas procedencias e intereses, que en vez de organizar una original expresión de correligionarios se dedicó a realizar un aparatoso tour político, descartando la principal fortaleza de una organización partidaria: su mística.

Así se descubre cuán falso o auténtico es un movimiento político: cuando no cuentan con un pasado propio, se inventan sus líderes y hasta una fantasmal representatividad nacional. Lo único real es la usurpación.

Los partidos genuinos no se compran en ninguna pulpería ni las juntas liquidadoras de bancos los venden al martillo. Sus banderas limpias se izan por la necesidad que de ella tiene la sociedad, no por una necedad, o para satisfacer alguna pospuesta vanidad.

II

Es difícil que el destronado liderazgo reconozca su situación y los factores que lo llevaron a quedar fuera de circulación. Echarle la culpa de su desgracia a la Corte Suprema de Justicia es ocultar alevosamente la causa.

Nunca demostraron ni destreza de negociación con las partes enfrentadas del PLI, ni poder de convocatoria para marcar la diferencia. El único ripio que los sigue sosteniendo es su amargo discurso radicalizado. Un grupo que vive por cuenta de otros: de las transnacionales del monólogo informativo.

Una litis interna de las facciones del PLI, resuelta a favor de uno de sus querellantes, no tiene el tamaño para ser considerado un “problema nacional”. Aquí no estamos hablando del Partido Republicano, si acaso se dividiera por la candidatura del señor Trump, por un lado, y la dirigencia tradicional por el otro. Esto sí tendría un serio impacto en Estados Unidos.

Por el contrario, si el minoritario Partido Libertario se dividiera y la Suprema fallara a favor de una de sus tendencias, ni siquiera sería reportado en los horarios estelares de FOX News ni CNN. La OEA no se daría por enterada del “despojo”. Y aquí en Nicaragua hablamos del grupo Montealegre, una versión numérica muy inferior al Partido Libertario.

III

Los exaltados que una vez se hacían llamar PLI, ahora pretenden que las elecciones no deben reconocerse pues sus miembros no participarán en estas. Que ellos son la “oposición”, “el pueblo de Nicaragua”, etc.

Pero, ¿qué son? ¿Un vasto acontecimiento humano o unas siglas deshabitadas? ¿Militantes o socios? Que sus mismas actividades “masivas” respondan en esta escasa muestra: el 30 de septiembre de 2015, el partido impreso, en una de esas raras ocasiones en que se sincera, admitió que “Con menos manifestantes, se celebró la edición número 25 de los ‘miércoles de protesta’”.

El 10 de enero de 2016, alguien que declinó ser candidato de la derecha extrema, al ver una “protesta” en la Plaza de Las Victorias, expresó que “la participación ha sido tenue”.

El 26 de mayo, una vocera reconoció: “Los pocos ciudadanos que protestamos por nuestros derechos…”. Agustín Jarquín, reestrenándose de nuevo en la derecha ortodoxa, admitió en junio: “A pesar que es una cantidad limitada de quienes protestamos…”.

El 30 de junio, el liberal Edgard Matamoros comprobó la “convocatoria” de aquella íngrima coalición: “Cuarenta personas no hacen bulla…”.

El 2 de julio, en el cementerio de Jinotepe, y posteriormente frente al Parlamento, su aliado MRS exhibió el poderoso músculo político: los mismos 40 rostros en ambas demostraciones.

Fue en esos días cuando CID Gallup comprobó una vez más que las calles y las encuestas coincidían en el dato: 2% de “apoyo popular” al candidato de Eduardo Montealegre.

Un club puede ser disuelto por un notario; una empresa igual, después de un fracaso o porque decidieron retirarse del mercado. O vender sus acciones. Y un artilugio así como aparece también desaparece.

No obstante, un partido de verdad no es un negocio, o un Country Club; tampoco vive lo que dura un documento legal. No es ni mucho menos un banco declarado en bancarrota. Si es una apoteósica presencia de carne y hueso y no una ficción de papel periódico, no hay fallo ni del mismo Tribunal Supremo de Justicia de los Estados Unidos que la destierre de este siglo ni del otro.

Eso sí: un partido postizo nunca encajará en la realidad.