La gran procesión de la vida real en Nicaragua

Opinión: 22/08/2016

La gran procesión de la vida real en Nicaragua

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

Aunque no comulgue con ciertos altares y reconozca que mi único Sumo Pontífice es el Doctor de la Dulzura, como llamó Rubén Darío a Jesús, no puedo dejar de escribir estas líneas.

Creyentes o no, nadie puede negar que las fiestas patronales de la población católica forman parte de la cultura nicaragüense, a la vez que constituye la rúbrica multitudinaria de la paz nacional. Es una celebración del encuentro en un mismo andar y que en algunas ciudades alcanza su máxima altitud en El Tope de los Santos.

Recién acaban de transcurrir las fiestas agostinas en Managua. Algunos las llaman “patronales”, sin embargo, la Iglesia Católica mantiene la tutela de Sancti Iacob, el nombre latino que se multiplica en su cariñosa forma familiar en Nicaragua: Chago.

El título otorgado primeramente por el Rey Fernando VII en 1819, reconoce la Leal Villa Santiago de Managua y en 1846, es elevada a Ciudad Santiago de Managua.

Mas Santiago solo fue un nombramiento regio y eclesiástico: no trascendió de la corona al poblado ni del altar al atrio. Las muchedumbres, que son las que se encargan de darle el bendito soplo de realidad a lo que consideran parte de su biografía colectiva, se decidieron por otro santo, minúsculo, encapsulado y dotado, para sus fieles, de prodigios múltiples. En esa imagen diminuta, el pueblo grande se sentía mejor representado.

Si a los habitantes de Managua no se le pudo convencer de que la veneración a Santiago era lo que más le convenía, y decidió su propia advocación, tampoco ahora se le debe inculcar, a la fuerza, las devociones personales que algunos le profesan a ídolos de papel periódico en esta tierra.

La beata diatriba nunca coincide con el ambiente real por fallas de origen, empero lo primordial es el monumental testimonio público: la letra clara del día y no la oscura mentira del ocaso prefabricado por intereses mundanos.

La alcaldesa Daysi Torres, por ejemplo, lleva ocho años como mayordoma de las Fiestas de Santo Domingo. Nadie, desde la jerarquía católica, en casi una década celebratoria, ha cuestionado esa fusión del gobierno temporal con el poder parroquial. Más bien son fechas de gozo: la Iglesia Católica, a través del párroco de Las Sierritas, le ha entregado, sin objeción alguna, la “Tajona”, símbolo de la autoridad compartida.

Es lo que acaba de suceder también en Masaya con la conocida “pedida de licencia”. El alcalde sandinista, Orlando Noguera, con mucha solemnidad, ante el sacerdote José Antonio Espinoza, párroco de la iglesia San Jerónimo y el Vicario Foráneo Bismarck Conde, dijo:

“Este 15 de agosto en nombre del pueblo de Masaya venimos a solicitarle el permiso de licencia para iniciar las fiestas patronales en honor a San Jerónimo, el doctor que cura sin medicina y doctor de los pobres”.

El clérigo, en nombre de la Iglesia concede, entonces, la mayordomía y la licencia, y ruega por el fortalecimiento de “la fe del pueblo de Masaya para que las celebraciones se realicen conforme al corazón de Cristo”.

Solo un hijo de la ira podría fustigar esas francas y abiertas relaciones entre la administración constituida y la propia institución eclesiástica, para descalificarlas como “manipulación religiosa”.

Al margen de las simpatías políticas o de credos, si hay un valioso argumento que camina por las calles y avenidas de Nicaragua es el que cunde en el mayoritario acorde de los corazones de buena voluntad, por encima de la desafinada menudencia del coro hepático.

Bajo la misma peana

El soberano diverso se manifiesta en su porción católica instalada como una enorme congregación, con sus tradicionalistas, promesantes, músicos, hípicos…, cargan, bailan y trasladan a su santo.

Además del torrente de almas de ese mismo pueblo que votó por los ediles de Managua y Masaya, en esta ilustración de la fraternidad vernácula.

Ambos, Gobierno e Iglesia suman y rezuman concordia y tranquilidad. Es lo que se respira al aire libre, cuando ya no ruge la voz del cañón: la pólvora de las antiguas batallas hoy son cargacerradas y morteros que anuncian la hermandad y no la confrontación; las bombas de mecate y los cohetes de luces son parte de la diversión y no la divergencia, porque ya acabaron los siglos cuando nos disparábamos los unos a los otros. Ahora es la hora de los juegos pirotécnicos y no de la hostilidad.

¿Cómo, pues, alguien puede acusar a Nicaragua de persecución e intolerancia religiosa? ¿Por qué difamar al país de atentar contra la libertad de culto, cuando autoridades sandinistas y católicas se involucran activamente para llevar adelante, con toda la libertad del mundo y bajo la misma peana, las expresiones más populosa de la tradición apostólica y romana en Centroamérica?

Son los formidables resultados de esta profusa querencia nacida de la piedad y que hablan más que los odios y las mentiras de aquellos que se resisten a la armonía cívica, de esos que le dan su solitaria espalda a esta espléndida conciliación social: el principal milagro de un pueblo que ya no quiere oír de guerras y de violencias sin sentido.

Cuando una sociedad sufre sus peores tiempos de inseguridad ciudadana, cae en un profundo deterioro económico y las convulsiones políticas derivan en una inestabilidad nacional, esa aglomerada religiosidad tan alborozada no sería posible; apenas sería una lastimosa puesta en escena de la tristeza.

Es obvio que la intensa luz del agosto nicaragüense y del quehacer cotidiano deshacen las sombras de la minoría política radicalizada que redacta un país al borde del abismo con tergiversaciones venenosas, como diría Gabo; elabora pronunciamientos de engaño y teje su discurso como festinados agoreros del desastre.

Las actas no valen nada sin los actos. Y la historia de la capital misma es una evidencia: en esa abundancia de calores humanos que mueven las ideas, anidan las creencias e incuban los cambios, nace la legitimidad.

Tal es el dato vivo de la sociedad, como viva mantiene la población devota al catolicismo, las masivas cruzadas a los evangélicos y el inmenso caudal ciudadano con sus votos y plazas colmadas al sandinismo.

El pueblo también tiene derecho a narrarse a sí mismo. Y no que lo narre otro, menos la elite. En todo caso, lo mejor es un autor llamado nosotros.

Esa es la gran procesión de la vida.