Primeras elecciones sin candidaturas foráneas desde Zelaya

Opinión: 24/08/2016

Primeras elecciones sin candidaturas foráneas desde Zelaya

Autor: Nicaragua905

Edwin Sánchez

I

Al margen de la variada oferta política que incluye a liberales, izquierda, centro derecha, centro izquierda y derecha sin apellidos, las elecciones de 2016 son históricas.

En 1984 se realizaron los primeros comicios libres, solo que con candidaturas “bendecidas” por el propio Ronald Reagan. Don Arturo Cruz (q.e.p.d.), confesaría muchos años después, a “La Prensa”, que “los gringos” eran los que estaban detrás de su postulación oficial por la Coordinadora Democrática Nicaragüense (CDN).

El jefe de la contra, Adolfo Calero le dijo que “yo quería agarrar (el poder). No es cierto, lo que menos quería yo era agarrar eso, eran los gringos que están debajo”.

Hoy básicamente participa el espectro político de las elecciones de 1990. En esas votaciones participaron el FSLN y la tenue amalgama de la efímera Unión Nacional Opositora, cuyo núcleo, sin mayor ornato ideológico, era el reverso de la Revolución Popular Sandinista. La boleta la completaban otros partidos.

Si apartamos la parte mitológica de aquella jornada, no fue precisamente una magistral lección de civismo. Tampoco los valores de la democracia ni la florida retórica de la institucionalidad marcaron el 25 de febrero.

El brutal bloqueo económico y la guerra de baja y alta intensidad financiada por la administración de Ronald Reagan-George Bush, fueron la pistola en la sien con que se condujo a las chantajeadas conciencias camino a las Juntas Receptoras de Votos.

II

La UNO fue una forzada “unidad” patrocinada por Washington que empezó a desbaratarse en la madrugada de su victoria y terminó de deshacerse en la víspera de la toma de posesión presidencial de doña Violeta Chamorro.

La primera víctima de la derecha conservadora fue el doctor Virgilio Godoy, electo Vicepresidente, apartado del poder sin ningún escrúpulo por los que hoy son “apóstoles de la democracia”.

De nada valieron los votos que lo ubicaron en la cúspide y no hubo “demócratas” ni club de ex presidentes que salieran en defensa del despojo que sufrió el líder histórico del Partido Liberal Independiente, PLI.

Ninguna democracia puede nacer en condiciones tan anómalas como en 1990, de ahí que sea parte de la mitología de la derecha conservadora insistir en su narrativa de que ese sistema de gobierno comenzó en Nicaragua con su triunfo tutelado por el gobierno del republicano George Bush.

¿Qué se podría esperar de los líderes de aquel triunfo? Pugnas intestinas, transfuguismo político, divisiones, desencuentros, hostilidad a los medios de prensa de origen revolucionario…

Así aterrizó aquella “democracia” con ásperos enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Legislativo, pero por puras ambiciones y cuotas de poder y no por ser grandes devotos de Montesquieu –teórico de la separación de poderes– tal como ahora se enmascaran, sino de Maquiavelo.

Hasta el Dedazo que la historia escrita con plumas de avestruz achaca a la “tradición política nacional” es parte del combo del injerencismo estadounidense, tal como fue designado Adolfo Díaz, o la presidencia que llevaba en el bolsillo el general José María Moncada, tras entrevistarse el 4 de mayo de 1927 con Henry L. Stimson, enviado del presidente Calvin Coolidge.

La UNO, en el proceso electoral de 1989-1990, recicló este añadido a los traumas históricos que han provocado las ocupaciones en nuestro país, pero el nefasto manoseo a las elecciones no quedó enterrado en el siglo XX.

Antes, debe reconocerse que el presidente demócrata Bill Clinton, apartándose del nefasto guion, no consagró a nadie en 1996, pero a falta de pan, buenas son semitas: el exilio cubano de ultraderecha radicado en Miami aupó a Arnoldo Alemán.

Fue durante el mandato del señor Robert Callahan, con el cargo oficial de “embajador en Nicaragua” de Bush junior, que ungió a un candidato, mejor dicho lo hundió, porque en 2006 el “preferido”, Eduardo Montealegre, fue pasado por las urnas y el pueblo decidió que se alzara con la presidencia el comandante Daniel Ortega.

III

Todos estos intervencionismos han lesionado la democracia nicaragüense. Lo más que se ha intentado organizar desde la derecha conservadora es un abstracto pastiche con marcada insuficiencia social y exagerado culto al dios mercado.

Además, su famosa “unidad” no es más que el afán de articular un partido único que encaja en el vetusto relato de un mundo incapaz, idiotamente dividido en blanco y negro, malos y buenos, capitalista y comunista, indios y cowboy.

Desde esa visión ciclópea no valen las distintas corrientes políticas nacionales, ni la libertad con que se expresa cualquiera en el país. Lo que sí importan son los falsos escenarios sostenidos por intereses exógenos, expresados con erosionada decencia en la punta del iceberg mediático y en las pasarelas de exmandatarios conservadores que exigen a otros lo que ni soñaron para sus propios pueblos.

Desde Taft, Wilson, Harding y Coolidge hasta los Bush, pasando por Nixon y Reagan, no solo expulsaron gobernantes, sino que asignaron candidatos, presidentes y manufacturaron “coaliciones” para la “unidad”.

Aquellos procesos electorales en los que vimos a embajadores como Oliver Garza, representante de George W. Bush participando activamente en la campaña del candidato Enrique Bolaños en 2001, fueron insólitamente alabados y tenidos como impecables, además de “legítimos”.

Hoy Nicaragua organiza uno de los sufragios más autóctonos que se hayan celebrado, y eso en sí mismo es, para una ínfima minoría, más que una “irregularidad” un “sacrilegio”, al transgredir el lamentable rito de la vieja liturgia.

Será la primera vez, desde los tiempos del general José Santos Zelaya, que la nación entra a un periodo electoral sin el candidato subalterno de turno o su “delegado” a control remoto desde los tableros de mando de la metrópolis.

Para quienes todavía consideran el país como un “patio trasero”, elegir sin la bendición foránea significa “cerrar los espacios democráticos”, adelantar la Gran Tribulación, el Juicio Final y el castigo del fuego eterno.

Decidir, sin embargo, es un derecho ciudadano y soberano. A las autoridades les corresponderá la limpieza de su ejecutoria, enmendar errores y, con los fiscales de los partidos, contribuir a su diafanidad.

Cualquier aparato electoral de este mundo siempre es digno de perfeccionarse, porque por una “opacidad” en el año 2000, le arrebataron al candidato del Partido Demócrata, Al Gore, la Presidencia de Estados Unidos. Y la Tierra mantuvo su curso, aunque cargada con más guerras.

La democracia es, pues, la capacidad del pueblo de escoger, sin presiones exteriores, el rumbo de su destino; es la inclusión socioeconómica de los descartados; es la solidaridad y la lucha contra la pobreza.

Todo esto pasa por la definición más simple de Patria: que el país funcione para todos.